sábado, 21 de marzo de 2015

Reseteando España

Parece evidente que nuestro país necesita una serie de cambios profundos y sin ningún tipo de divagaciones, que nos ayuden a salir del atolladero en el que nos encontramos actualmente. Sin ánimo de hacer una lista interminable, el momento actual está para eso, me limitaré a apuntar solamente aquellos que me parecen de mayor importancia.
 
En primer lugar, sin entrar en el tema de las listas abiertas y de la ley electoral, creo que el problema fundamental de la política tradicional radica en que siguen mirándose frente a frente y retándose, sin entender que el tablero político ha cambiado y las piezas de ese ajedrez metafórico, vulgo ciudadanía, nos hemos ido hace tiempo porque nos aburren y desesperan. Se buscan nuevas reglas y entrarán también a jugar nuevos players.
 
En materia social, se han venido abajo todos aquellos derechos que consiguieron nuestros padres y abuelos. Además, nuestra capacidad de esfuerzo no es ni de lejos la suya. Existe una gran confrontación entre el debe y el haber de todas las formaciones políticas. La oferta y la demanda sociales están completamente desacompasadas, especialmente en unos momentos tan duros como los actuales. Las personas parece que importan menos que los bancos.
 
La sociedad avanza a un ritmo superior al resto de ámbitos, va muy por delante de las esferas políticas, financieras, jerárquicas... y demanda un nuevo escenario civil. Avanzamos en torno a ideas o principios y las nuevas tecnologías posibilitan nuevas formas de participación y movilización. Hace tiempo que el resto de los mortales no entendemos las reglas de un establishment caduco y obsoleto. La ciudadanía ha despertado y comienza a entender que no es ya una cuestión de ideologías. De ahí el especial desapego hacia el sistema.
 
Tenemos un sistema empresarial proteccionista y cortoplacista, sin verdaderos líderes (salvo excepciones claro) que dirijan el rumbo de este país. También existe la convicción de que el jefe siempre es el malo, de alguna forma demonizamos al superior y éste, lejos de convertirse en líder, no hace muchos esfuerzos que digamos. Aquí mando yo, que dicen algunos. Además, la cultura del pelotazo y el capitalismo de amiguetes siguen estando a la orden del día. Las pymes y autónomos, verdadero motor de este país, tienen poca o nula facilidad de crédito y financiación, por no hablar de los costes laborales y de contratación (los más altos de Europa). Falta de innovación y desarrollo, y mayor apoyo a emprendedores son otras necesidades que quedan aún en el tintero. Hay también una burbuja actual con el término emprendedor, gente con muchísimo talento intentando sacar adelante su idea, quizá lo que no funciona es el contexto. Es un problema de fondo.
 
Por último, culturalmente nos hemos quedado en un estado inmóvil e involutivo. No hablo de títulos, vaya por delante. Hemos sustituido nuestros modelos culturales por otros mediáticos, verdadero pan y circo del pueblo. El modelo educativo es, simplemente, anacrónico. Gente cada vez más formada pero sin opciones en un mercado laboral cada vez más global y competitivo. En cuanto al modelo universitario, ninguna de nuestras universidades (con la excepción de algunas escuelas de negocio) se encuentra entre las mejores del mundo. Si esto pasase con nuestros equipos de fútbol, se produciría un verdadero tsunami social.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Spanish talent

Creo muchísimo en el talento y en la meritocracia. Es una convicción personal, una filosofía de vida si se prefiere. No concibo este mundo si no es alrededor de los mejores, sobre los cuales se construye siempre el futuro. Son ellos los que hacen progresar una sociedad, aunque en muchas ocasiones no lo concibamos así. Y en España hay muchísimo talento, sí. Es un hecho. Nos llaman la generación mejor preparada. Gente con un potencial desaprovechado por culpa de las murallas mentales y un establishment que no está dispuesto a cambiar. Quizá el problema fundamental radique en cómo se reparte ese talento. Me explico.
 
Buena parte de ese Spanish talent, en muchos casos formado con dinero público, se encuentre en estos momentos fuera de nuestras fronteras, cuando en este preciso momento nos harían mucha más falta intramuros. Haciendo un pequeño repaso, sin querer olvidarme de nadie y que me perdonen por anticipado los que faltan, me vienen a la cabeza dos nombres: Juan Verde, que a base de creer en su particular sueño americano, ha llegado a ser asesor de Barack Obama y una de las personalidades más influyentes de la comunidad latina; y Bernardo Hernández (ex-director mundial de marketing de Google y emprendedor por naturaleza: elidealista.com, Tuenti, Fever, 11880, floresfrescas... la lista es interminable), ahora centrado en convertir Flickr en el carrete digital de la mano de Yahoo. En mi estrecha cabeza no cabe como gente de este nivel supremo no tiene sitio aquí, haciéndonos crecer como país y como sociedad.  Haciéndonos mejores y más competitivos, y no a base de trabajar más por menos. Vaya por delante, que también en España tenemos excelentes excepciones, véase el chef madrileño David Muñoz (me parece de lo mejor que he visto en mucho tiempo), el televisivo y siempre punzante Risto Mejide (ha sabido convertirse en su propio producto), deportistas como Rafa Nadal, Marc Márquez... Pero al final son excepciones, lo lógico es que buena parte de la gente con más talento de nuestro país sea aprovechado por terceros. Como si nos sobrara en estos momentos.
 
Posibles explicaciones que nos hagan comprender tales hechos puede haber, y seguro las hay, muchas. Que si fuera pagan más, que si aquí no se valora a la gente... Pero yo voy a quedarme con dos: En España no digerimos bien el éxito del vecino, de hecho creo que nos hemos convertido en un país mimético. Añoramos lo que tiene el de al lado: coche, casa, vacaciones, novia, mismos estudios universitarios o igual nivel adquisitivo. Y el éxito no es más que otro atributo a intentar mimetizar, sin entender el proceso que ha llevado a una persona hasta la cima. Por otro lado, nuestro modelo educativo es caduco y obsoleto, anacrónico diría yo, y no en la línea de tener gente cada vez mejor formada sino en su inserción posterior en el mercado laboral, en un mundo cada vez más global donde la universidad y la empresa están totalmente desconectados y hablan diferentes idiomas. Seguimos formando gente que se aprende los temas de memoria y los vomita el día del examen. Es más, se trabaja poco la empatía y hay muy poca cultura empresarial. Nos han formado en la burbuja del éxito y muy poco en la cultural del fracaso y la superación de la adversidad, como sucede en muchos otros países. Perder el miedo a caer al vacío se penaliza demasiado en España.
 
Termino ya. Hace poco el autor de Españistán, Aleix Saló, decía en una entrevista (y cito textualmente): "Mi generación es tan útil como un Ferrari  en un camino de cabras". Frase lapidaria donde las haya, pero quizá muchos de nosotros (me incluyo) nos sentimos perfectamente identificados.

sábado, 7 de marzo de 2015

La revolución digital

En un mundo dominado por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y con una economía de mercado cada vez más global e interconectada entre sí, asistimos en los últimos años a un proceso que podríamos denominar "revolución digital", término que para nada nos es nuevo pero que quizá en los últimos años ha producido entre nosotros y, lo más importante, a todos los niveles, profundos cambios en nuestro modus vivendi y en la manera que tenemos de relacionarnos. Me viene a la cabeza cómo el móvil o las plataformas de mensajería instantánea han pasado a dominar buena parte de nuestro tiempo e incluso han llegado a marcar nuestro propio ritmo diario.
 
Hoy en día (Nowadays or Today que dirían los norteamericanos), somos una sociedad hiperconectada, fundamentalmente gracias al móvil y las tablets, y tremendamente preocupada por nuestra imagen digital. Que nadie ose decir nada malo de nosotros en las redes sociales o ponga un comentario negativo sobre nuestra actividad. Parece cada vez más una relación de apariencias que de fondo. Pero volvamos al tema.
 
Esta revolución digital ha roto por completo determinados sectores, véase medios de comunicación, turismo, empresa, comercio y publicidad, entre otros. Éstos y también otros muchos, han sufrido un verdadero proceso de innovación y adaptación al medio en la forma de hacer y de decir, aunque el camino no ha sido precisamente rápido y sencillo. Algunos han tenido que verse al borde del precipicio para adaptarse a las nuevas realidades de este mundo cada vez mucho más digital. La red ha democratizado también a la clientela y su forma de interactuar con las marcas, las redes sociales han sido el cómplice perfecto que ha posibilitado precisamente esta democratización. Hemos pasado de ser consumidores de información a convertirnos en makers. Pero a la vez, dejamos de comunicarnos de uno a uno para pasar a comunicarnos de muchos a muchos. Radica aquí, por tanto, una de las principales diferencias.
 
Esta nueva revolución industrial, lejos de comparaciones con tiempos pretéritos, nos conduce a un nuevo universo de posibilidades en infinidad de campos. Quizá nos falte acompasar esta revolución al mundo de la empresa y la cultura empresarial (especialmente en España). Seguimos formando perfiles que no atienden a las necesidades del mercado global en el que vivimos. También nos siguen educando de una forma anacrónica a como están evolucionando los tiempos. Afortunadamente, existen cada vez más ejemplos para la esperanza.