Actualmente vivimos en un mundo que avanza a unos niveles de vértigo y a veces nos cuesta muchísimo adaptarnos e integrarnos en él. Se podría decir que es un mundo con infinidad de velocidades, tantas como personas, como realidades distintas. Tan pronto parece que habitamos en una de esas velocidades, que cambiamos de paradigma y nos pilla en fuera de juego a nada que te despistes un poco. Es una ruleta que nunca para, si no pasas a la siguiente velocidad, estás totalmente "out".
Para varias generaciones, este modo de entender la vida es impensable, entre otras cuestiones porque habían comprado, libremente o no, lo que podríamos calificar de un pack completo de vida: tener estudios universitarios, a poder ser los que elegía el cabeza de familia, un trabajo fijo que permitiese llegar a fin de mes y a poder ser para toda la vida, comprarse una casa propia aunque tuvieras que hipotecarte de por vida, un coche último modelo y preferiblemente mejor que el del vecino, casarse y tener familia y unas vacaciones en la playa al menos una vez al año, que nunca hacen daño. A esto se suma el problema que en este país se ha tenido tradicionalmente con la propiedad privada: si en el Antiguo Régimen el factor fundamental sobre el que gira el status y desarrollo personal es la posesión de la tierra, ésta ha mutado hoy en día al ladrillo. De esos polvos vinieron estos lodos.
Sin embargo, las nuevas generaciones, quizás por necesidad o quizás por aperturismo mental, han cambiado la manera de abordar su vida. No les importa tanto la propiedad y su capacidad de adaptación es sencillamente asombrosa. Probablemente, la crisis que padecemos en la actualidad, no solamente económica, tan sólo ha venido a ratificar un cambio de era. Veremos cómo evoluciona el mundo. Pero si hay algo que caracteriza hoy en día a nuestra sociedad es, sin lugar a dudas, que vive continuamente en modo "beta", en una especie de reseteo continuo en el que el ser humano va progresivamente adaptándose y formándose para poder competir en un mundo cada día más global y tecnológico. Pensemos que la mayoría de profesiones del futuro ni siquiera existen hoy. Asimismo, la universidad es incapaz de formar los perfiles que requiere la sociedad. Es posible que en el futuro no sea necesario tener estudios universitarios o ni siquiera sea necesario tener un jefe. Ante este cambio de paradigma, debemos de acudir de inmediato a la acción y a salir de nuestra zona de confort. No valen excusas, hay que elegir entre vanguardia o sofá. Quizá vivir en modo "beta" no esté tan mal.
