Los platós de televisión se han convertido de un tiempo a esta parte en un verdadero entretenimiento mediático, en un circo romano en su sentido más amplio, donde alquilan nuestro tiempo e intelecto para que pensemos lo menos posible. Nos mediatizan hasta límites insospechados. Se han convertido en una especie de opiáceo que nos vuelve a todos hacia un estado de imbecilidad cada vez más difícil de curar y soportar. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol.
Lo novedoso es como la televisión se está convirtiendo en verdadera sede parlamentaria donde desfilan un sinfín de personajes públicos a contarnos la proclama de turno, más si cabe en un año trascendental como es este 2015, y a encontrar soluciones para todo. La utilización del medio como tal no es que me parezca mal, hasta cierto punto es lícito. Lo preocupante es que solamente se quede en eso y no existan nada más que la apariencia y la verborrea. Resulta insultante ver como verdaderos caraduras vomitan un programa preparado lleno de frases hechas, en el que nunca se dan soluciones concretas salvo en contadas excepciones. Aburren a cualquiera. Por mucho que rasques, cuesta encontrar alguna frase inteligente y que no se prepare para la ocasión.
Eso por no hablar de otro tipo de programas que alquilan el tiempo de la gente, dónde la audiencia manda y marca el ritmo de las cadenas televisivas. Personajes que dudo si alguna vez han leído un libro o visitado un museo, pero que ocupan la pantalla como semidioses o diosas con el caché más elevado que un Premio Nobel. Algo está fallando cuando en nuestra sociedad estos son los ejemplos a seguir de cualquier adolescente. No es que me oponga a la televisión en sí misma, una cosa es la actualidad, el entretenimiento y la denuncia social, eso es innegociable, y otra este verdadero show business que parece no tener fin. Me pregunto que pasaría si apagásemos la televisión todos a la vez.
